Reseña del documental 'La sombra del Iceberg'
Observando las expresiones de
júbilo de unos milicianos encaramados sobre la trinchera, nada hacía presagiar
el trágico desenlace de un tiroteo que arruinaría una apacible tarde cordobesa.
Aquel fatídico 5 de septiembre de 1036,
a primera hora de la tarde, una avanzadilla franquista lanzaba una ofensiva
contra la línea fortificada de Cerro Murriano que defiendían los inexpertos voluntarios
republicanos. Un disparo certero se
llevaba la vida de un joven anarquista alcoyano que se derrumba sobre el páramo
ardiente en las primeras refriegas de la Guerra Civil. Un infeliz más en las
frías estadísticas de una fratricida confrontación bélica.
Pero la imagen de aquel combatiente
abatido no cayó en el ostracismo y, por el contrario, su proyección alcanzaría
una trascendencia mundial. Un joven húngaro llamado Endre
Ernö Friedmann que fue cincelando su propia leyenda bajo el pseudónimo de un
fotógrafo norteamericano llamado Robert Capa estaba allí para inmortalizar el
momento y elevar el instante de su muerte a la categoría de icono mundial. Sin
embargo, alrededor de aquella foto, que consagró a Capa como el fotógrafo de
guerra más relevante de todos los tiempos, se desató la controversia sobre el
grado de veracidad de su obra.
Muchas son las especulaciones que
se ha hecho sobre si se trata de un montaje, sobre la identidad del miliciano,
el lugar de la fotografía, etc. y sobre ello Raúl M. Riebenbauer, periodista
escritor y guionista, y Hugo Doménech Fabregat, profesor de la Facultad de
Comunicación de la Universidad Jaime I de Castellón, han elaborado un
documental titulado ‘La sombra del Iceberg’ en el que intentan arrojar algo de
luz sobre el asunto. Siempre desde el punto de vista de los expertos, realizan
una autopsia literal de una de las fotografías mas reproducidas de la historia.
Sin duda alguna, la ejecución técnica de la instantánea es
impecable. Busca intencionadamente esa visión levemente desenfocada que le
confiere esa sensación de movimiento precipitado. El encuadre en escorzo
también contribuye a acrecentar esa carga de espontaneidad del autor, de quien
se intuye que tropieza con la muerte ajena sin apenas pretenderlo. Tampoco
parece accidental ese tenue enfoque a contraluz que confiere ese punto de
ensueño que dulcifica la visión, cuando lo previsible es toparse con una
desagradable explosión de la cavidad craneal tras el impacto.
No obstante, esa perfección, esa magnífica puesta en escena es precisamente
el motivo de la discordia sobre su autenticidad, enfrentando en el documental la
herencia de Capa contra una cohorte de expertos que, aferrados a sus evidencias
científicas que van cimentando la hipótesis de una genial falsificación con
intenciones político-propagandísticas.
John G. Morris, amigo personal de Capa, personifica la vía
de la concordia cuando estima que la búsqueda de la verdad histórica parece
irrelevante, haciendo prevalecer los principios de compromiso con la legalidad
republicana, de libertad democrática y de honestidad con unos ideales que
explican la vida y obra del fotógrafo. El biógrafo oficial Richard Whelan
abunda, entre amenazas de demandas judiciales, en la idea del carácter mítico y
sagrado de una imagen que capta por vez primera el instante mismo de la muerte
y que fue elevada a la categoría de
icono respecto a la barbarie bélica durante el siglo XX .
Sin embargo, las pruebas realizadas por Fernando Verdú,
forense de la universidad de Valencia, para ‘La sombra del Iceberg’ parecen
corroborar las tesis del fotomontaje al no apreciar destrozos craneales tras el
impacto del proyectil ni manchas de sangre en la camisa, concluyendo que la
protuberancia en la cabeza es sencillamente la borla del gorro miliciano y que
existe una sospechosa disparidad entre la relajación muscular que se advierte
en la mano que porta el fusil y una tensión inequívoca para protegerse de la
caída en la mano derecha que contradice los signos naturales del fallecimiento.
Con una fiabilidad prácticamente incontestable, la
comparativa pericial sospecha que no coinciden las identidades del miliciano caído
en Córdoba con la del revolucionario alcoyano, Federico Borrel ‘Taino’, ya que
hay disparidad en los rasgos morfológicos del rostro y parece obvio que tampoco
había coherencia entre la madurez de uno y la insultante juventud del otro. Ni
siquiera concuerda la ubicación geográfica de la escena, barajándose hasta tres
localizaciones diferentes y cobrando mayor verosimilitud la hipótesis del Cerro
de la Coja frente a la designación de Cerro Murriano que realizó el propio
Robert Capa. Además, se añaden otros detalles igualmente significativos, como
el relato hecho por un compañero de armas que asegura que Borrell fue abatido
mientras disparaba parapetado tras un árbol y no descendiendo una pendiente o
los cálculos matemáticos que, calculando
la sombra que proyecta el miliciano respecto del Sol, la imagen se inmortalizó sobre las 9 de
la mañana y no a primeras horas de la tarde como se dijo.
Por si fuera poco, el documental no solo pone en duda la
fotografía sino también el autor de la misma, pues Capa no viajó solo a España,
llegó acompañado de su novia Gerda Taro, también fotógrafa, y que también
firmaba sus trabajos bajo el pseudónimo de Robert Capa. ‘La sombra del iceberg’
aporta un documento periodístico de la época que certifica la presencia de Taro
y Capa, juntos, en Cerro Muriano y, a sabiendas que ambos trabajaban con dos
cámaras que se intercambiaban, no existe motivo alguno por el que Gerda Taro no
pudiera ser la autora de la instantánea.
Y es que, la “versión
oficial” ofrece serias dudas, y más cuando Capa intentó maquillarla al afirmar
que disparó su Leica en una solo ocasión, al azar, y, en cambio, hay constancia
de otra fotografía que retrata la “muerte” de un segundo miliciano con un
encuadre exactamente idéntico. De igual forma, parece improbable que se
resguardara en una posición que podía
ser barrida por el fuego cruzado de ambos contendientes.
Pero… ¿por qué contar los entresijos internos de una imagen
que, en su perfección ética, resulta insuperable? El cineasta Martín Patino
pone el dedo en la llaga: “Es como destripar el juguete, como romper la muñeca
para ver el serrín que lleva dentro. Son escrúpulos por lo demás
desafortunados”, añade estableciendo un paralelismo con su oficio, donde ser un
tramposo constituye la esencia misma del arte, simulando la realidad,
imitándola, con el lícito objetivo de conmover al espectador.
Asier Ganuza



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