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miércoles, 7 de diciembre de 2011

La verdad desenfocada


Reseña del documental 'La sombra del Iceberg'

Observando las expresiones de júbilo de unos milicianos encaramados sobre la trinchera, nada hacía presagiar el trágico desenlace de un tiroteo que arruinaría una apacible tarde cordobesa. Aquel  fatídico 5 de septiembre de 1036, a primera hora de la tarde, una avanzadilla franquista lanzaba una ofensiva contra la línea fortificada de Cerro Murriano que defiendían los inexpertos voluntarios republicanos.  Un disparo certero se llevaba la vida de un joven anarquista alcoyano que se derrumba sobre el páramo ardiente en las primeras refriegas de la Guerra Civil. Un infeliz más en las frías estadísticas de una fratricida confrontación bélica.

Pero la imagen de aquel combatiente abatido no cayó en el ostracismo y, por el contrario, su proyección alcanzaría una trascendencia mundial. Un joven húngaro llamado Endre Ernö Friedmann que fue cincelando su propia leyenda bajo el pseudónimo de un fotógrafo norteamericano llamado Robert Capa estaba allí para inmortalizar el momento y elevar el instante de su muerte a la categoría de icono mundial. Sin embargo, alrededor de aquella foto, que consagró a Capa como el fotógrafo de guerra más relevante de todos los tiempos, se desató la controversia sobre el grado de veracidad de su obra.

Muchas son las especulaciones que se ha hecho sobre si se trata de un montaje, sobre la identidad del miliciano, el lugar de la fotografía, etc. y sobre ello Raúl M. Riebenbauer, periodista escritor y guionista, y Hugo Doménech Fabregat, profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad Jaime I de Castellón, han elaborado un documental titulado ‘La sombra del Iceberg’ en el que intentan arrojar algo de luz sobre el asunto. Siempre desde el punto de vista de los expertos, realizan una autopsia literal de una de las fotografías mas reproducidas de la historia.

Sin duda alguna, la ejecución técnica de la instantánea es impecable. Busca intencionadamente esa visión levemente desenfocada que le confiere esa sensación de movimiento precipitado. El encuadre en escorzo también contribuye a acrecentar esa carga de espontaneidad del autor, de quien se intuye que tropieza con la muerte ajena sin apenas pretenderlo. Tampoco parece accidental ese tenue enfoque a contraluz que confiere ese punto de ensueño que dulcifica la visión, cuando lo previsible es toparse con una desagradable explosión de la cavidad craneal tras el impacto.

No obstante, esa perfección,  esa magnífica puesta en escena es precisamente el motivo de la discordia sobre su autenticidad, enfrentando en el documental la herencia de Capa contra una cohorte de expertos que, aferrados a sus evidencias científicas que van cimentando la hipótesis de una genial falsificación con intenciones político-propagandísticas.

John G. Morris, amigo personal de Capa, personifica la vía de la concordia cuando estima que la búsqueda de la verdad histórica parece irrelevante, haciendo prevalecer los principios de compromiso con la legalidad republicana, de libertad democrática y de honestidad con unos ideales que explican la vida y obra del fotógrafo. El biógrafo oficial Richard Whelan abunda, entre amenazas de demandas judiciales, en la idea del carácter mítico y sagrado de una imagen que capta por vez primera el instante mismo de la muerte y  que fue elevada a la categoría de icono respecto a la barbarie bélica durante el siglo XX .

Sin embargo, las pruebas realizadas por Fernando Verdú, forense de la universidad de Valencia, para ‘La sombra del Iceberg’ parecen corroborar las tesis del fotomontaje al no apreciar destrozos craneales tras el impacto del proyectil ni manchas de sangre en la camisa, concluyendo que la protuberancia en la cabeza es sencillamente la borla del gorro miliciano y que existe una sospechosa disparidad entre la relajación muscular que se advierte en la mano que porta el fusil y una tensión inequívoca para protegerse de la caída en la mano derecha que contradice los signos naturales del fallecimiento.

Con una fiabilidad prácticamente incontestable, la comparativa pericial sospecha que no coinciden las identidades del miliciano caído en Córdoba con la del revolucionario alcoyano, Federico Borrel ‘Taino’, ya que hay disparidad en los rasgos morfológicos del rostro y parece obvio que tampoco había coherencia entre la madurez de uno y la insultante juventud del otro. Ni siquiera concuerda la ubicación geográfica de la escena, barajándose hasta tres localizaciones diferentes y cobrando mayor verosimilitud la hipótesis del Cerro de la Coja frente a la designación de Cerro Murriano que realizó el propio Robert Capa. Además, se añaden otros detalles igualmente significativos, como el relato hecho por un compañero de armas que asegura que Borrell fue abatido mientras disparaba parapetado tras un árbol y no descendiendo una pendiente o los cálculos matemáticos que,  calculando la sombra que proyecta el miliciano respecto del  Sol, la imagen se inmortalizó sobre las 9 de la mañana y no a primeras horas de la tarde como se dijo.

Por si fuera poco, el documental no solo pone en duda la fotografía sino también el autor de la misma, pues Capa no viajó solo a España, llegó acompañado de su novia Gerda Taro, también fotógrafa, y que también firmaba sus trabajos bajo el pseudónimo de Robert Capa. ‘La sombra del iceberg’ aporta un documento periodístico de la época que certifica la presencia de Taro y Capa, juntos, en Cerro Muriano y, a sabiendas que ambos trabajaban con dos cámaras que se intercambiaban, no existe motivo alguno por el que Gerda Taro no pudiera ser la autora de la instantánea.

 Y es que, la “versión oficial” ofrece serias dudas, y más cuando Capa intentó maquillarla al afirmar que disparó su Leica en una solo ocasión, al azar, y, en cambio, hay constancia de otra fotografía que retrata la “muerte” de un segundo miliciano con un encuadre exactamente idéntico. De igual forma, parece improbable que se resguardara  en una posición que podía ser barrida por el fuego cruzado de ambos contendientes.

Pero… ¿por qué contar los entresijos internos de una imagen que, en su perfección ética, resulta insuperable? El cineasta Martín Patino pone el dedo en la llaga: “Es como destripar el juguete, como romper la muñeca para ver el serrín que lleva dentro. Son escrúpulos por lo demás desafortunados”, añade estableciendo un paralelismo con su oficio, donde ser un tramposo constituye la esencia misma del arte, simulando la realidad, imitándola, con el lícito objetivo de conmover al espectador.

Asier Ganuza

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