La fotografía del miliciano muerto, como ya vimos, está rodeada de polémica. Al menos, lo está su intrahistoria. Se trata de una tradición que acompañará a partir de entonces a casi todas las grandes fotografías bélicas. Se habla de casi todas ellas como de una imagen que no se termina de corresponder con la realidad que se podía ver tras el ojo humano. Como una momento capturado por la lente de una cámara que lo hacía, prácticamente, una mentira.
Ya vimos que la instantánea del miliciano muerto fue, probablemente, un montaje. Esta historia se repetirá en la guerra a la cual precedió la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial.
Como conflicto bélico más importante de la historia de la humanidad, en el frente del pacifico se capturó una foto que le hiciera honor en cuanto a importancia histórica. La más importante fotografía de guerra de la historia fue la que se conoce con el título de Raising the flag of Iwo Jima.
La imagen, concretamente, fue tomado por un periodista de Associated Press (como la mayoría de las fotografías bélicas más importantes del mundo a partir de entonces), el estadounidense Joe Rosenthal. La instantánea le valdría el premio Pullitzer el mismo año de haber sido tomada (el único caso), 1945.
En ese año se puso fin a la carnicería a mayor escala de la historia con la rendición de Japón. A la misma vez, tras la destrucción de media Europa, Estados Unidos se erigía como nueva primera potencia mundial tras vencer al país imperial. En este contexto histórico, la fotografía de la que hablamos no podía ser más significativa. Podríamos decir que capta -sin pretenderlo- el inicio de una nueva era.
Era la época en que se iniciaban los estudios propagandísticos de los medios de comunicación social. El documental de Frank Capra Why we fight fue la inspiración para el padre de los estudios de comunicación social Harold Lasswell; y este documental era precisamente una película para promocionar el patriotismo de guerra entre los norteamericanos. Su importancia como arma de propaganda resultó inevitablemente obvia y esta foto ha sido la obra por antonomasia en este sentido.
En el film del maestro Eastwood Banderas de nuestros padres -película relativamente reciente- se ha mostrado su influencia en el desarrollo de la guerra. ¿Vale más una imagen que mil palabras? Se ha escuchado tanto que se da por sentado. A la luz de la razón no se muestra tan clara la afirmación. En algunos momentos de la historia sí que ha sido cierto. Aquí tenemos un buen ejemplo.
Lo que también se cuenta en la película que mencionábamos (Eastwood y su manía de sacar a relucir la cara B de todas las historias) es que la foto no muestra realmente el momento en el que se toma el monte Suribachi; que es lo que se dijo en la versión oficial de la historia. La imagen es tan artificial, es tan poco espontanea y está tan preparada como cualquier pose para un anuncio comercial.
Resultó que la bandera que se está levantado en imagen ni siquiera es la bandera que se alzó en la cima del punto más alto de la isla de Iwo Jima. El equivalente norteamericano a lo que aquí llamaríamos el ministro de guerra pidió, henchido de orgullo patriótico, la bandera yanqui que se erigía majestuosa y ondeante. Cuando el general al mando pidió a un soldado que subiera a cambiar el trapo, Rosenthal le acompañó -con la intención de fotografiar las playas desde lo alto de la cumbre-. Por pura casualidad, según contó el fotógrafo, captó el momento en el que los jóvenes marines levantaban la nueva bandera. La espectacularidad de la toma hizo el resto.

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